EL LUGAR DE LIMPIEZA (La Fuente de Bronce) V Parte


Introducción:
Cuando Kenny retiró su silla para sentarse a la mesa, su mamá lo vio y le dijo: “yo pensé que te había dicho que te lavaras las manos para cenar”, y levantando sus manitas sucias el pequeño de siete años dijo: “Me las lavé, mami”.
“Bueno pues, vuélvetelas a lavar y esta vez usa jabón y agua tibia.”
La limpieza es muy importante para nuestros padres y también para nuestro Padre celestial. En el Antiguo

Testamento había muchas leyes sobre la limpieza. Lavarse, práctica y ceremonialmente, era necesario antes de las comidas y era algo prominente en la Ley. Los sacerdotes eran lavados cuando se les consagraba (Ex. 29:4); en el día de Expiación se requería que ellos se lavaran especialmente (Lev. 16:4, 24, 26). Todos usaban agua para lavarse de lo inmundo en el rito especial (Lev. 11:40; 17:15-16; 22:6).

El lavabo, una fuente de bronce, estaba en el atrio entre el Altar del Holocausto y el Tabernáculo y era un recordatorio constante de la necesidad de limpiarnos del pecado y de que Su sangre es lo que nos limpia nuestras conciencias (1 Juan 1:7)
Estudio Bíblico
Leer Éxodo 30:17-21
El lavabo estaba colocado entre el tabernáculo de reunión y el altar de bronce.  Esto nos habla de la necesidad de pasar por el lavamiento de nuestros pecados para continuar caminando en la vida cristiana.
Las partes del Lavabo son (v18) fuente de bronce, base de bronce.
Dimensiones:
Dios no le dio a Moisés dimensiones o descripción del Lavabo. Nada se dice en las Escrituras acerca de su tamaño, forma, ornamentación o forma de transportarse. El énfasis está en lo que había en el Lavabo y lo que se hacía en el.
Significado del “lavabo”:
La palabra hebrea para Lavabo significa algo redondo, como una palangana.
Descripción:
De las descripciones de los lavabos usados en el templo de Salomón, el cual era copia del Tabernáculo (I Reyes 7:38-40), podemos asumir que el lavabo era redondo, algo así como una palangana y que consistía de dos partes: el Lavabo propiamente y el pedestal de éste, un receptáculo para lavarse.
Debido a que la gente en el Oriente acostumbra lavarse con agua que corre, se cree que el Lavabo tenía canalitos por medio de los cuales el agua caía al receptáculo de abajo donde la gente se lavaba. Este Lavabo era suficientemente grande para que pudieran lavarse todos los sacerdotes y levitas que ministraban en el Tabernáculo.
El lavabo fue construido de bronce, más específicamente  de los espejos de las mujeres que velaban en la puerta del tabernáculo (Ex. 30:18 y 38:8)
Procedimientos para el uso del Lavabo:
·         A Moisés se le dijo que pusiera agua en el Lavabo (vs. 18)
·         Aquí se llevaban a cabo el lavamiento de Aarón y sus hijos.
·         Se tenían que lavar cada vez que entraban en el Tabernáculo.
·         El castigo por no lavarse era la muerte.
Leer Éxodo 29:1-4
La primera ocasión en que los sacerdotes fueron lavados se realizo en el acto de su consagración.  Moisés fue quien los lavó en esta ocasión.
Lee Juan 7:37-39 e Isaías 44:3
El agua es un cuadro o símbolo de Jesús.
Lee Éxodo 17:6 y 1 Cor. 10:4
El agua salió de la roca cuando Moisés la golpeó. Pablo nos dice que la peña es Cristo. Es interesante pensar que el agua del Lavabo posiblemente vino de la misma fuente.
Lee Efesios 5:25-27
¿Cuál fue el objetivo final de Cristo al dar su vida por la iglesia?
Su objetivo fue el de purificar, santificar a la iglesia.  A través del tiempo El continúa preparando a su novia, la iglesia para su venida y su método es el lavamiento por su Palabra.
El Altar del Holocausto es un cuadro de la cruz y de la muerte expiatoria de Cristo para redimirnos del pecado. El Lavabo nos da un cuadro de la limpieza continua que recibimos al aplicar en nuestras vidas la Palabra de Dios por medio del Espíritu Santo.
Así como este Lavabo fue echo de espejos, la Palabra de Dios es como un espejo que revela nuestras impurezas. La Palabra revela nuestra incapacidad para vivir la vida cristiana en nuestra propia fuerza. Otra lección consiste en recordar que si nos miramos en nuestro propio espejo, es decir, conforme a nuestro propio criterio, llegaremos a tener una buena opinión de nosotros mismos y  a un deseo de mejorar nuestra apariencia externa. Pero si nos miramos en el espejo de la Palabra, llegaremos a decir como Isaías, “Ay de mí que soy muerto; porque siendo hombre inmundo de labios y habitando en medio de pueblo que tiene labios inmundos, han visto mis ojos al Rey, Jehová de los ejércitos.” Is. 6:5
¿En cuál espejo solemos mirarnos,  en el nuestro propio o en el de la Palabra de Dios?
Debemos también destacar que las mujeres dieron lo mejor que tenían. Siempre es así. Dios merece lo mejor. La reflexión es esta, ¿hemos renunciado a algo para servir al Señor? ¿Cuánto nos cuesta nuestro sacerdocio? ¿O acaso no nos cuesta nada?
Otro punto que nos enseña es que aquello que era para la glorificación de la carne y para la gratificación de la vanidad, eso entregaron a Dios. Las mujeres hebreas renunciaron a la vanidad humana. Esto encierra una gran lección para todos, porque ellas entregaron lo que pertenecía a su vida vieja. La lección es que si no nos apartamos de la vieja vida, no puede haber comunión, ni puede haber servicio efectivo.

 Basado en estudios de Joyce Lashua   Por: Agnes Lawless




¿POR QUÉ HAY MAL EN EL MUNDO?

Ante todo, Dios no causa el mal. El mal es el resultado de dos fuerzas importantes:
La primera fuerza es un ser que se llama Satanás. Hay un ser espiritual que es el enemigo de la humanidad. Es maligno, muy poderoso y quiere destruir a Dios, por lo que trata de destruir al hombre y a la mujer, quienes son hechos a imagen y semejanza del Creador. Gran parte de las tribulaciones que hay en el mundo son resultados directos del mal que causa el diablo mismo.
La segunda fuente del mal es el corazón humano. Dios sabe que hay mucha maldad oculta en el corazón de los hombres que, precisamente a causa de sus iniquidades, se lastiman unos a otros. Por ello tenemos guerras, crímenes, injusticias, racismo y toda clase de dolores y aflicciones.
El mal existe debido a Satanás y a la naturaleza del hombre y el mal tiene la tendencia a multiplicarse. La sociedad en conjunto empieza a adquirir una naturaleza maligna. Lo cierto es que, si Dios no les diera a los hombres la oportunidad de ser malos, no habría libertad. ¿Qué sucedería si cada vez que un hombre maldijera al Señor se le pudriera la lengua? Dios podría hacer esto; pero, en ese caso, estaría gobernando el universo por medio del terror. El Señor no es un dictador sino que, por el contrario, desea que los hombres decidan amarlo y servirle, además de hacer lo que es bueno. La otra cara de esa elección es que el hombre puede decidir no servir a Dios y hacer lo que es malo. Darle al hombre la libertad de escoger entre el bien y el mal ha sido la norma del Señor desde que creó a Adán, el primer hombre.
Adán fue lo que denominamos “cabeza federal” de la humanidad. De la misma forma en que una decisión tomada por el presidente de un país puede tener impacto en todos la humanidad, ya que todos estamos marcados por su pecado original. Cuando Adán desobedeció a Dios, la muerte vino no sólo a la humanidad, sino también a los animales, las plantas y la tierra en conjunto. A partir de ese momento, el hombre tuvo que sudar, esforzarse y someterse a toda clase de tensiones para poder sobrevivir. La caída de Adán introdujo al mundo el dolor y los sufrimientos, como se indica en Génesis 3.
Apenas unas cuantas generaciones después de Adán, la Biblia indica que los hombres se habían entregado casi totalmente al mal. Esto muestra la rapidez con que se extiende el mal y cómo progresa de generación en generación. La humanidad está enlazada de tal modo que podemos sacar provecho de la sabiduría y las bendiciones acumuladas por los que vivieron antes que nosotros; pero también recibimos una herencia de sus blasfemias y maldad.
Al principio, Adán se encontraba en un punto neutro, desde el punto de vista moral. Tenía la capacidad de escoger pecar o no pecar. El pecado de Adán predispuso a todos sus descendientes al mal. Por consiguiente, todos tenemos una tendencia que nos atrae hacia el pecado.
Es de veras muy lamentable que haya mal en el mundo. Sin embargo, lo verdaderamente nuevo es que existe un modo de vencer al mal: por medio del Hijo de Dios, Jesucristo. ¡Aleluya!
(Tomado del Libro “Pat Robertson Responde”.)